¿Qué es eso que llamamos Democracia y Política?

Breves y dispares anotaciones sobre la Crítica de la razón policial. Kant, Hegel y Marx, revisitados, a propósito del sujeto de Cambiemos.

Texto: Daniel Colella / Fotos: Archivo

En una carta que el joven Karl Marx le escribe a su amigo Ruge, en septiembre de 1843, parece responderle al siempre atildado Kant, quien estaba de acuerdo con que un ciudadano pudiera realizar una crítica del estado de cosas, pero antes, siempre había que obedecer. Dice Marx: “Me refiero a la crítica despiadada de todo lo existente, despiadada tanto en el sentido de no temer a los resultados a que conduzca, como en el de no temerle al conflicto con aquellos que detentar el poder”.

Marx es el hijo revolucionario que Kant no tuvo ni quiso tener y es padre de la demolición que nos abre el camino para pensar la democracia, no como cliché de lo consensual, sino como el no estar nunca de acuerdo con el reparto injusto de lo sensible y con la apertura a la propiedad de lo igual y lo libre: Eso tan temido como el poder del pueblo.

Kant había propuesto en su famoso artículo ¿Qué es la Ilustración? dos usos de la Razón. Un modo que él llama misteriosamente privado y otro que lo nombra como público. Supongamos por un momento que un miembro de una fuerza de seguridad reciba en su casa las facturas de los servicios y al mismo tiempo su esposa le informe que este mes las tasas municipales, otros impuestos, las facturas de los servicios, han sufrido un sideral aumento que sea imposible de pagar.

Supongamos que este oficial no sólo se entera de la decisión política del Estado al que pertenece y además defiende en tanto es un agente de seguridad, sino que también recibe la orden telefónica o por Whattsapp de su superior de enlistarse para reprimir una manifestación callejera contra el alza de los impuestos y las tarifas de los servicios. El oficial probablemente no conozca a Kant, pero hará lo que el formidable filósofo prusiano dispone: cumplir con el deber.

El fiel agente de seguridad reprimirá a los manifestantes y hasta es probable que haya heridos y él sufra algún piedrazo más el seguro escarmiento de los manifestantes, no siendo improbable que un buen vecino suyo, con el que alguna vez haya intercambiado una agujereadora en una muestra inequívoca de solidaridad, se encuentre entre ellos. Una vez cumplido con la obediencia a su superior que encarna al Estado, el buen agente pagará debidamente sus impuestos. Este es el uso privado de la Razón, según el bueno de Kant. De más está aclarar que ha recibido infinidad de comentarios y de burlas, la del malo de Hegel, ni más ni menos.

Vayamos al segundo uso. El devoto agente de seguridad no puede pagar el incremento de las gabelas. Apenas le alcanza para comer. Habla con su esposa (es probable que le grite porque está frustrado y enojado). Se enfurece con sus subalternos. Despotrica con el país que le ha tocado en (des)gracia, pero no ignora que Kant le tiene guardada una solución filosófica. “Escriba una carta en la que exponga todos los argumentos acerca de la inconveniencia del establecimiento de nuevos impuestos, del incremento de los anteriores y envíela a un diario. Haga públicas sus argumentaciones. Si lo que usted dice es razonable, el Estado reconsiderará lo decretado y todo se resolverá para el bien de todos y todas”. Haga un uso público de la Razón… ilustrada.

Ah, pero… ¿no vivimos en democracia?

Este breve comentario al artículo que el gran filósofo de la modernidad publicó en 1784 nos sirve para pensar al portador de la racionalidad democrática y poner como su contrario la sub-objetividad de aquello que no lo es. El vecino emprendedor, resabio del idiota griego, es el sujeto de Cambiemos. Es esclavo e invencible. Lo primero porque obedece siempre al orden simbólico establecido; lo segundo, porque nunca dejará de hacerlo.

En el descomunal y breve ensayo de Jacques Rancière El desacuerdo, Polìtica y Filosofía, publicado en 1996, el pensador francés vincula en una mismidad ontológica (la expresión es nuestra) a la política con la democracia. Es decir, si hay lo primero es porque se da lo segundo y viceversa. Pero, ¿en qué momentos se da? “Democracia es el nombre de una interrupción singular de ese orden de distribución de los cuerpos en comunidad que se ha propuesto conceptualizar con el empleo de la noción ampliada de policía. Es el nombre de lo que viene a interrumpir el buen funcionamiento de ese orden a través de un dispositivo singular de subjetivación”.

Democracia o política es la subversión del estado que Rancière llama policial porque allí los cuerpos están distribuidos de acuerdo a un orden previo y consumado por legislaciones, materialidades y símbolos. En Platón no hay política porque propone una ciudad cerrada y ordenada donde cada uno cumple con un rol asignado por naturaleza. La filosofía política marxista propone la llegada al poder del proletariado en tanto… proletariado. Cada uno en su lugar. De la casa al trabajo y del trabajo a la casa. La democracia consensual supone la ilusión de un acuerdo entre simuladores de la ausencia de litigios y supone una estética obscena de la realidad: Lo que es, es lo que ves. El peón golondrina invisibilizado rara vez acuerda con el patrón

Bajo el telón de fondo de lo igual y lo libre, el portador de la racionalidad democrática –político por excelencia- demuele con su Lenguaje los espacios sensibles y con su acción se convierte en ciudadano. La estética democrática es una aparición de lo ocultado por el estado policial y al mismo tiempo es un acto creador ex nihilo. Si en la tragedia griega, el héroe cumplirá con el destino asignado por los dioses; en el drama democrático el héroe, sin teleología ni destino trágico, habla (piensa), actúa y se abre a lo nuevo. El peón rural exige acceder a los bienes que disfruta su patrón, tal vez no como peón.