Feminización de la pobreza, otro manantial de riqueza

La feminización de la pobreza es una compleja categoría de análisis que, aunque no uniforme, resulta fértil para poder comprender no sólo la situación de las mujeres –el 70% de las personas pobres desde el informe de Beijing de 1995– sino que pone de relieve cómo un proceso cultural y político puede ser usufructuado por modelos económicos de profundo carácter neoliberal.

Texto: María Laura Razzari / Fotos: Archivo

Atravesado por la cultura, el concepto de mujer comienza a ser desvelado y expuesto a la luz de lo que ha implicado la construcción de la sociedad patriarcal.

La feminización de la pobreza es un indicador cualitativo y cuantitativo de las condiciones de vida de las mujeres en distintos lugares y tiempos, y en diferentes ámbitos de una misma sociedad y cultura en su propio tiempo.

Si efectuáramos un análisis sincrónico entre sociedades de distintos lugares del mundo en diferentes tiempos, tanto como si aplicáramos una mirada diacrónica acerca de la participación de las mujeres en el desarrollo económico de sus países, podríamos advertir que siempre se hallan en desventaja, comparadas con las posibilidades de supervivencia y/o enriquecimiento de los varones de sus mismas sociedades.

Considerar la participación en el desarrollo económico es preguntarse cuánto se llevan las mujeres de lo que producen y el por qué de esos resultados. Adoptar la feminización de la pobreza como categoría de análisis significa que somos conscientes de las desigualdades políticas y culturales, que los géneros como condición relacional, implican para las personas en las sociedades que vivimos.

Cuando hablamos de pobreza, sería distorsionar la realidad quedarnos sujetxs solamente a contemplar la inequidad de los ingresos económicos comparados con las horas de trabajo, las especializaciones y el tipo de tareas. Es imprescindible advertir que los ingresos nos son la causa de las desigualdades sino la expresión de un orden social en el que los roles de género, o las consecuencias políticas de las identidades sexuales y/o de género, implican un techo o un elemento capaz de impulsar las posibilidades de inserción social, participación política y acceso a bienes sociales, culturales y económicos.

Decía Simone de Beauvoir en El Segundo Sexo: “No se nace mujer, se llega a serlo”. Criterio que es equivalente para el varón, se nace macho, pero el ser varón es una construcción de la cultura. En nuestros días, más allá de los avances jurídicos por la equidad de los géneros –para quienes pensamos la ampliación de los derechos humanos-, ser varón es una condición que le facilita a esa persona tener un status político y social diferente del de las mujeres, no necesariamente mejor, pero sí con posibilidades de participación en las tomas de decisiones y en el reparto de los ingresos que marcan una notable diferencia con otros géneros.

De la revolución agrícola a esta parte, el mundo privado afectivo de lo relacional ha sido el campo atribuido a las mujeres como si, por nuestra condición reproductiva, fuera natural a las tareas de cuidado, mientras que para los varones el mundo de lo público, la especialización de tareas que remuneran poder político y económico han quedado asociadas a una naturaleza de la fuerza y la competitividad masculinas.

Sobre esta base cultural de profunda raigambre histórica de 12 mil años de antigüedad se asientan hoy los modelos económicos que explotan la fertilidad de lo femenino al igual que una cuenca petrolífera, una reserva de litio, de agua potable o cualquier otro bien social.

Es así que la feminización de la pobreza no es una condición estática ni propia de las mujeres o el resto de los colectivos humanos “feminizados” como lo son indígenas, personas con discapacidad, lxs adultxs mayores, lxs Negrxs, Gays, Intersexuales, Trans, Queer y cualquier persona que no “encaje” en un modelo hegemónico referenciado en la masculinidad hegemónica.

Las mujeres hegemónicas (coincidentes con el modelo heteronormativo hombre–mujer), y el resto de los colectivos no hegemónicos suscriben con sus realidades de vida dar cuenta de la feminización de la pobreza, que no es otra cosa que una sistematizada política de exclusión para explotar a través del trabajo precario, la invisibilización de tareas, la esclavitud o la trata y la prostitución, a un enorme conjunto humano que con su fuerza productiva es un incalculable manantial de riqueza que el sistema económico no está dispuesto a reconocer porque las condiciones políticas y culturales normalizan su marginación.

Que el 70% de las personas pobres del mundo sean mujeres o que las personas Trans alcancen una esperanza de vida de 35 a 40 años, o que la ONU diga que de cada dólar que recibe una mujer, 0,95 centavos de ese dólar sabremos que serán invertidos en alimentos, vestido y educación de niñas, niños y adolescentes, nos dice que las condiciones políticas y culturales de este mundo muestran que el reparto no anda bien.

Cuando se feminiza la pobreza, el efecto dominó sobre otros colectivos es inexorable. Del mismo modo, otrxs sujetxs de derecho son despojadxs de su condición de persona para ser cosificadxs en un mundo dónde la esclavitud, la trata y la prostitución son un mercado inagotable de riqueza. Nuestra pobreza, como dice Eduardo Galeano en Las Venas Abiertas de América Latina, es fruto de nuestra riqueza, y esta frase inspirada en la división internacional del trabajo, es crudamente aplicable a la realidad de las mujeres y de todos aquellos colectivos feminizados.

Tendemos a creer que el trabajo formal es una alternativa segura para revertir estos procesos, sin embargo el ensamble de las tareas de cuidado que desarrollan las mujeres y el mundo de lo doméstico, fuertemente compartido por todos los colectivos feminizados, en la mayoría de los casos implican limitaciones para la competitividad con varones hegemónicos en el mundo del trabajo, porque estas personas deberán repartir su capacidad laboral entre el ámbito público y el privado además de ser prejuzgadas de no ser aptas, no haber tenido oportunidades de especialización o no tener la misma experiencia laboral que los varones, por lo que recibirán una diferencia salarial inclusive mayor a un 27% por igual tarea en diversos trabajos.

Todos los colectivos feminizados enfrentan una desigualdad estructural a la hora de enfrentarse a los mercados laborales.

Al respecto nos advierte Silvia Federicci -pensadora y activista feminista, una referenta intelectual por su análisis del capitalismo, el trabajo asalariado y reproductivo, siempre desde una perspectiva de género-: “Estamos en un periodo en el cual se está desarrollando un nuevo tipo de patriarcado en el cual las mujeres no son solo amas de casa, pero en el que los valores y las estructuras sociales tradicionales aún no han sido cambiadas. Por ejemplo, hoy muchas mujeres trabajan fuera de la casa, muchas veces en condiciones precarias, lo que supone una pequeña fuente de mayor autonomía. Sin embargo, los lugares de trabajo asalariado no han sido cambiados, por tanto, ese trabajo asalariado significa adaptarse a un régimen que está construido pensado en el trabajo tradicional masculino: las horas de trabajo no son flexibles, los centros de trabajo no han incluido lugares para el cuidado, como guarderías, y no se ha pensado formas para que hombres y mujeres concilien producción y reproducción. Es un nuevo patriarcado en el que las mujeres deben ser dos cosas: productoras y reproductoras al mismo tiempo, una espiral que acaba consumiendo toda la vida de las mujeres.

Marcela Lagarde de los Ríos, ex diputada feminista mexicana, advierte, por su parte, acerca del neoliberalismo y las políticas de cuidado: “Cuidar es en el momento actual, el verbo más necesario frente al neoliberalismo patriarcal y la globalización inequitativa. Y, sin embargo, las sociedades actuales, como muchas del pasado, fragmentan el cuidado y lo asignan como condición natural a partir de las organizaciones sociales: la de género, la de clase, la étnica, la nacional y la regional-local. Así, son las mujeres quienes cuidan vitalmente a los otros (hombres, familias, hijas e hijos, parientes, comunidades, escolares, pacientes, personas enfermas y con necesidades especiales, al electorado, al medio ambiente y a diversos sujetos políticos y sus causas). Cuidan su desarrollo, su progreso, su bienestar, su vida y su muerte. De forma similar, mujeres y hombres campesinos cuidan la producción y la tierra y las y los obreros la producción y la industria, la burguesía cuida sus empresas y sus ganancias, el libre mercado y hasta la democracia exportada a países ignorantes. La condición de cuidadoras gratifica a las mujeres afectiva y simbólicamente, en un mundo gobernado por el dinero y la valoración económica del trabajo y por el poder político. Dinero, valor y poder son conculcados a las cuidadoras. Los poderes del cuidado, conceptualizados en conjunto como maternazgo, por estar asociados a la maternidad, no sirven a las mujeres para su desarrollo individual y moderno y tampoco pueden ser trasladados del ámbito familiar y doméstico al ámbito del poder político institucional. La fórmula enajenante asocia a las mujeres cuidadoras otra clave política: el descuido para lograr el cuido. Es decir, el uso del tiempo principal de las mujeres, de sus mejores energías vitales, sean afectivas, eróticas, intelectuales o espirituales, y la inversión de sus bienes y recursos, cuyos principales destinatarios son los otros. Por eso, las mujeres desarrollamos una subjetividad alerta a las necesidades de los otros, de ahí la famosa solidaridad femenina y la abnegación relativa de las mujeres. Para completar el cuadro enajenante, la organización genérica hace que las mujeres estén políticamente subsumidas y subordinadas a los otros, y jerárquicamente en posición de inferioridad en relación a la supremacía de los otros sobre ellas.

Tales conceptos se derraman en esta pretensión falsamente altruista que el corrimiento del Estado de Bienestar en el mundo neoliberal hace proliferar ONGs catalizando a aquellos sectores de la ciudadanía que –producto de los procesos de desideologización y criminalización de la participación política– vuelcan sus energías y deseos de participación y pertenencia a procesos colectivos, a la conformación de todo tipo de organizaciones de la sociedad civil que reemplazan las funciones inexorables del Estado según lo normado en la Constitución Nacional Argentina.

Las organizaciones que en un primer momento nacen de la capacidad innata de la ciudadanía para observar procesos sociales y auditar políticas públicas son rápidamente cooptadas –mediante subsidios y otros beneficios imprescindibles para su actividad– por el Estado para patriarcalizar su trabajo, es decir subordinar y marginar desde lo político, con una engrudo de premios económicos y galardones sociales que generan en sus actorxs las dosis necesarias de reconocimiento social y político, cuando no también las posibilidades de acceso al mercado de trabajo, sin la contracara de la responsabilidad de funcionar como verdaderos contralores de las políticas públicas que si no hicieran agua no harían necesaria la existencia de tales organizaciones.

Hablar de feminización de la pobreza es dar cuenta de un proceso político y cultural de profunda raigambre histórica que –catalizado por los intereses del neoliberalismo más perverso– es capaz de estructurar y normalizar todo un andamiaje de desigualdades cuya expresión en el orden cuantitativo debe interpelar el orden político, ideológico desde dónde concebimos las sociedades en que vivimos.