Fake You

La traducción literal de “Fake News” es “noticias falsas” y se refiere a noticias que no han sido comprobadas, contrastadas, que no pueden ser sostenidas con evidencias sólidas mediante una investigación rigurosa y que en la mayoría de los casos son invenciones del medio que las publica. Jaime Durán Barba se caracteriza por el uso abusivo de este recurso-técnica de falsificación de la verdad mediática, para justificar ulteriores medidas socio-políticas como “modernas armas de destrucción masiva”.

Texto: Marcelo Fernández / Fotos: Archivo

La carne doblemente podrida y la inocencia culpable de los comunicadores seriales de los grandes medios.

En un documento distribuido a sus miembros, BuzzFeed (una empresa de medios de comunicación de Internet) admite que “hay razones serias para dudar de las acusaciones”, pero afirma que “todas las noticias falsas deben ser publicadas porque interesan al público

Aunque el término “fake news” saltó a las pantallas durante la campaña electoral en la que Donald Trump venció a Hillary Clinton (recordemos las acusaciones vertidas por el equipo de Clinton acusando a Trump de conspirar con Rusia para vencerla en las elecciones y a la vez las acusaciones de Trump a Clinton sobre el uso indebido de correos electrónicos), su existencia peina largas y frondosas canas. Henry Kamen, historiador británico, nos recuerda que la invasión de EE.UU. a Irak fue justificada con una “fake news”: la información que George W.Bush hijo usó para ordenar el ataque fue la existencia de un arsenal de armas de destrucción masiva en Irak. Esta ofensiva –decía Bush- serviría para encontrar esas armas y destruirlas, de esa forma además garantizaría la seguridad y la democracia en el mundo. Investigaciones posteriores demostraron sin sombra de duda que Irak no tenía ningún arsenal nuclear. Sin embargo la invasión ya había sido consumada y la situación no era reversible. Kamen cita las palabras de Bush al respecto: “En mi línea de trabajo tienes que seguir repitiendo las cosas una y otra vez para que la verdad penetre, en una especie de catapulta de la propaganda”.

En nuestro país tuvo lugar una campaña parecida encabezada por Jaime Durán Barba, el asesor de Cambiemos. Mediante una supuesta encuesta telefónica se instaló la falsa noticia de la vinculación entre Filmus padre y Schoklender. “El engaño denunciado por Filmus consistió en informar falsamente que su padre octogenario, Salomón Filmus, era arquitecto del plan Sueños Compartidos, tras lo cual el mensaje preguntaba si igual lo votaría.” (Ámbito Financiero).

La fake news fue desmentida, pero esa desmentida siempre llega tarde y no a todos los destinatarios. Cuando la información correcta alcanza estado público, la noticia falsa ya se ha instalado en el debate y oscurece el panorama hasta volverlo ininteligible: en ese momento la fake news ha logrado su objetivo, construir un relato que se convierte en la realidad.

Derrick Broze, periodista de investigación citado por Kamen sostiene que las “noticias falsas son las nuevas armas de destrucción masiva”. ¿Por qué?

Cuando el engaño cifrado en las líneas de la fake news es legitimado mediante la discusión pública comienza a erosionar la democracia. La Carta Iberoamericana de Participación Ciudadana en la Gestión Pública indica en uno de sus puntos que “El acceso a la información es un derecho que sustenta el adecuado funcionamiento de la democracia puesto que es condición para garantizar otros derechos y, en particular, el de participación ciudadana en la gestión pública. Como tal, estará protegido jurídicamente”. Por tanto la creación y difusión de fake news atenta directamente contra ese derecho. Los productores de fake news (sobre todo si son medios concentrados) controlan la agenda de la opinión pública alimentándola con este engaño sistemático, quitándole sustancia y relevancia a la información, trastocando la verdad comprobada en verosimilitud y correlato caprichoso.

 

Los productores de fake news, como Jorge Lanata, controlan la agenda mediática.

Como ejemplo de esta manipulación basta recordar de entre las decenas de fake news algunos títulos publicados en algunos diarios que luego se demostraron falsos: “Máximo Kirchner sería cotitular, junto a Garré, en dos cuentas secretas” (Clarín), “La extraña escala de Cristina en las Seychelles, un paraíso fiscal” (Clarín), “Seychelles, el paraíso fiscal de Kirchner” (ABC, España). Lo que tienen en común todas estas notas es que son falaces, cada una de ellas ha sido desmentida con pruebas. Pero para cuando esas evidencias llegaron las falsas noticias estaban instaladas y habían delineado el campo de la discusión. Estuvieron en el tapete durante horas en radio, tv, medios en papel y electrónicos, foros, blogs, redes sociales, etc., creando el clima buscado por los diseñadores de opinión pública, apuntando al centro de las emociones de una porción del electorado intentando inducir o reforzar una decisión electoral. Precisamente el objetivo primordial de una fake news es lograr una reacción de orden emocional, atada a los sentimientos. De esta forma se construyen y apuntalan ciertas opciones políticas sobre prejuicios que reemplazan el proceso analítico de toma de decisiones.

Julián Gallo, jefe de estrategia digital de Macri, dice que el amor social es un sentimiento enfermo y que el odio es el que moviliza y perdura. Las fake news que circularon y circulan en este momento confirman el abordaje de campaña que lleva adelante el sistema de medios concentrados que ejecuta la política comunicacional de Cambiemos.

La era de las fake news, el reino de la posverdad

Claire Wardle, doctora en Comunicación, especialista en información en la era digital nos dice que “vivimos en espacios diferentes basados en la emoción, en vez de un espacio racional en donde la gente pueda discutir y estar en desacuerdo”.

Esta situación se hace patente en las redes sociales. Las fake news existen desde hace mucho tiempo pero las nuevas tecnologías permiten su difusión exponencial multiplicando su impacto. Debido a la relevancia que adquieren montadas sobre los algoritmos de viralización de facebook, twitter, instagram, etc., el papel de las redes sociales en la propagación de información falsa ha quedado en la mira.

Quizás por eso hace algunas semanas Facebook nos sorprendió publicando un manual que alerta sobre el potencial dañino de las fake news y brinda una serie de “tips” para reconocerlas. En diálogo con AFP, Luis Olivalves ejecutivo de la firma declara: Las noticias falsas desinforman a las personas y erosionan su confianza en nuestra plataforma. Aunque no se trata de un problema nuevo ni exclusivo de Facebook, entendemos que tenemos un papel que jugar”. Lo que es una verdad a medias porque los mecanismos de promoción de Facebook son esenciales para que las noticias falsas se propaguen y esa viralización produce a la empresa beneficios económicos no menores. A nuestro juicio es una reacción tardía cuya sinceridad es al menos nebulosa (tiene más sentido pensar en un “la casa no se hace responsable” en donde se deposita el peso sobre el usuario y el modelo de negocios queda a salvo). De todas formas, el llamado de atención de una empresa conservadora como Facebook evidencia la dimensión del problema que entrañan las “fake news”.

En nuestro país y en varios, el problema se vuelve acuciante dado que los intereses del gobierno de turno y de los medios concentrados de comunicación son los mismos, existe entre ellos una relación simbiótica: entonces la necesidad de manipulación y los instrumentos para ejecutarla están en el mismo término de la ecuación. Los efectos de esta verdadera sinergia son visibles en la campaña de blindaje mediático y demonización de opositores y oposición política en la que estamos inmersos.

Una pequeña anécdota servirá para cerrar este breve recorrido a través de las fake news y a la vez, mostrar hasta qué punto los medios y sus figuras centrales han perdido de vista la sustancia misma de la verdad. Un par de semanas atrás, en medio de la crisis de la provincia de Santa Cruz, un habilidoso internauta creó un meme combinando primeros planos de conductores populares de televisión y zócalos falsos que repetían la idea “Santa Cruz es Venezuela”. Cristina Fernández de Kirchner leyó el meme y lo replicó a través de sus cuentas en redes sociales, sin chequear su veracidad.

 

Santa Cruz no es Venezuela, pero se las puede homologar fácilmente con el criterio de falsear la verdad.

Los protagonistas del meme reaccionaron a la difusión del mismo por parte de CFK. Uno supone que se indignaron porque se había viralizado una información falsa. Pero no, no se enojaron por eso. Montaron en el jamelgo de la cólera aduciendo que ellos eran honestos, probos, que se levantaban a las cinco de la mañana, que trabajaban, que no tenían enemigos, y un largo etc. Ninguno, absolutamente ninguno dijo lo que la situación ameritaba: que el meme era una intervención en donde los zócalos eran falsos. Los conductores no reconocieron como falsos los epígrafes que aparecían al pie de las capturas de pantalla en donde ellos aparecían.

No advirtieron que en sus propios programas no se habían usado esas palabras. Que ellos no habían dicho lo que el zócalo inmortalizaba para la efímera vida de un silogismo mediático. Con lo cual no solamente CFK había caído en la trampa del meme sino también –y mucho más grave- que los protagonistas de los memes reconocían en forma tácita que ellos o sus programas tranquilamente podían decir las barbaridades que los zócalos falsos pregonaban. Para estos conductores los bordes de las fake news se han vuelto difusos, la bruma que envuelve la realidad y la separa del relato de la realidad se ha convertido en un dispositivo cuyos efectos apenas pueden discernir.

En este punto, las conclusiones necesariamente, competen al lector de estas líneas.