El péndulo, otra vez

En la actualidad, Argentina se encuentra  nuevamente atravesando un cambio de dirección en el péndulo económico. El actual gobierno impulsa un modelo de apertura agroexportadora y de endeudamiento externo que en solo 15 meses ha dejado claro el impacto en materia de empleo y poder adquisitivo que tal alternativa conlleva.

Texto: Emmanuel Álvarez Agis (*) | Fotos: Rodrigo Cagide, Archivo

Emmanuel Álvarez Agis.

 

El péndulo en la economía expresa un empate hegemónico que no termina de romperse.

Lo que otrora una de las mentes económicas más brillantes de Argentina llamara “el péndulo argentino” ha vuelto a hacer su aparición en la escena pública. Entre 2015 y 2016 nuestro país tuvo un cambio drástico desde un modelo de industrialización, basado en la protección y en el impulso al mercado interno autofinanciado, hacia un modelo de apertura, agroexportador y financiado externamente. En criollo: pasamos de tratar de industrializarnos a como dé lugar, a confiar en que la apertura externa nos volverá a transformar en el granero (o supermercado) del mundo. 

El debate entre estas dos posiciones, una que favorece la industria y el mercado interno, y otra que favorece la salida exportadora de granos, es tan viejo como nuestro país. La historia enseña, por la negativa, que tanto la industrialización hacia adentro como hacia afuera tienen problemas que terminan socavando las bases económicas y sociales que sustentan cada uno de esos modelos. Para decirlo resumidamente: mientras que la industrialización hacia adentro genera problemas inflacionarios y restricciones a la importación que terminan por menoscabar sus logros en materia de empleo, la abundancia de dólares y de importaciones de la salida hacia afuera termina siendo insostenible desde el punto de vista social, por los altos niveles de exclusión y desempleo que trae aparejada. Es como si Argentina debiera elegir entre un modelo de bajo desempleo, pero altos precios y bajo acceso a las importaciones, y otro de alto desempleo, pero compensado con los bajos precios implícitos en la afluencia de bienes importados.

La alternancia entre uno y otro modelo, el péndulo, no tiene lugar solo por la vía política, sino por los vaivenes del tipo de cambio que derivan en una fuerte devaluación cada vez que el péndulo está a punto de cambiar de dirección. Cuando la industrialización hacia adentro se topa con la restricción externa, las presiones devaluatorias aumentan y, si las autoridades de política deciden combalidarlas como ocurrió en diciembre de 2015, las contradicciones de ese modelo se resuelven por la vía de la recesión. La devaluación incrementa los precios, que se adelantan a los salarios.

La caída del poder adquisitivo transforma el faltante de dólares en sobrante. Ese sobrante se usa para importar. La importación termina con la industrialización hacia adentro, bajando los precios. El alto empleo se transforma en desempleo. Si a esto se le suma eliminación de retenciones y de controles sobre los movimientos de capitales, una alta tasa de interés hace el resto: la salida exportadora está lista, y las presiones sobre el tipo de cambio no solo se calman con recesión, sino también con el ingresos de capitales de corto plazo.

Cuando la demanda de dólares se vuelve a despertar, generalmente se opta por evitar una nueva devaluación y se calman las ansias con endeudamiento externo. Así, el modelo hacia afuera comienza a acumular tensiones. Las actividades exportadoras se demuestran insuficientes para absorber la mano de obra que expulsa la industria. El principal problema económico va migrando desde la inflación hacia el desempleo. La deuda externa comienza a apreciar el tipo de cambio, lo que a su vez estimula el carry trade (o la bicicleta financiera) y, con esto, la necesidad de sostener tasas de interés cada vez más altas. Ese combo vuelve altamente inestable y vulnerable a la economía. Cualquier shock, ya sea una caída en el precio de nuestros bienes de exportación o un cambio en el sentido de los flujos internacionales de capital (promovido, por ejemplo, por un aumento de la tasa de interés de referencia mundial, como la de la FED), puede derivar rápidamente en una devaluación de magnitud, que vuelva a generar un sobrante de dólares, aunque con costos sociales cada vez más altos.

Llegado algún punto cuando la presión social se vuelve insoportable, o cuando el financiamiento externo se torna inaccesible, o cuando pasan ambas cosas, el péndulo vuelve a oscilar en la dirección interna. Y así.

 

Veo al futuro repetir el pasado

La pregunta que legítimamente puede formularse el lector es la siguiente: si sabemos que esto es así, ¿por qué volvemos a caer una y otra vez en la misma situación?  La respuesta es sencilla: porque comprender un problema es solo el primer paso para solucionarlo. Es decir, que sepamos que Argentina se disputa históricamente entre dos modelos que nos condenan a una dinámica económica y política pendular no implica tener la habilidad ni la capacidad para romper el equilibrio entre esos dos modelos económicos. Y esto es así porque, sobre todo, esos dos modelos no son el resultado de una supuesta esquizofrenia de la sociedad, o de su dirigencia política, sino de una especie de empate hegemónico entre los intereses y los actores políticos, económicos y sociales, encolumnados detrás de cada uno de esos dos proyectos. 

Los diversos tipos de resistencia que ese rumbo está experimentando no es más que la expresión de las dinámicas y las instituciones que el modelo de industrialización hacia adentro generó: los conflictos con los sindicatos, la oposición legislativa, los reclamos de los gobiernos subnacionales por los efectos de ese modelo en sus respectivos entramados industriales, los armados multisectoriales en contra de los aumentos de tarifa y hasta las críticas de la UIA, no son más que el espejo invertido del conflicto con las entidades gremiales agropecuarias por la resolución 125, los reclamos por el impuesto a las Ganancias de los sindicatos más favorecidos por la protección,  el ascenso de la inflación al puesto número uno de los problemas de los argentinos, las quejas de parte de la industria y de los consumidores por las dificultades para importar o para adquirir moneda extranjera, entre otras. 

 

La eterna dicotomía

El debate sobre el modelo económico más adecuado para promover el crecimiento y el desarrollo de Argentina muchas veces ha caído en esta dicotomía entre campo e industria, modelo hacia adentro o hacia afuera, etc. Y el problema es que esa dicotomía es real en cada uno de los extremos del péndulo: cuando el modelo agroexportador exacerba la apreciación cambiaria, la industria local se torna inviable; y cuando la protección a la industria local comienza a ser castigada con el cierre de nuestros principales mercados de exportación, o se sustenta principalmente en una alta carga tributaria sobre el sector exportador, la caída o la retención (acopio) de nuestras exportaciones puede estrangular el sector externo y, con esto, gatillar la devaluación. 

Un modelo sostenible debe encontrar y administrar un equilibrio dinámico entre estas dos alternativas. El punto donde el poder adquisitivo del salario encuentra su mínimo es, a la vez, el que reporta la mayor rentabilidad para el sector exportador, que tiene en el salario local solo un costo de producción. Pero el punto donde el poder adquisitivo encuentra su máximo puede resultar en una rentabilidad demasiado baja para el sector exportador, que es a la vez el principal oferente del combustible que necesita el mercado interno para expandirse: las divisas. 

 

Estado o mercado 

Cualquiera que quiera administrar tal equilibro debe tener en cuenta que la salida exportadora es insostenible desde el punto de vista del equilibro interno: el del empleo. Y también que la salida interna, si afecta significativamente la rentabilidad del sector exportador, es insostenible desde el punto de vista del equilibro externo: la oferta de divisas que Argentina necesita pasa financiar su crecimiento. Este equilibrio puede ser administrado casi por cualquiera, con una sola excepción: el mercado.

Lamentablemente, el gobierno de Cambiemos ha delegado la responsabilidad de administrar ese modelo y esos equilibrios en el mercado: quita de retenciones, liberación de la cuenta capital, desregulación financiera, apertura comercial y ajuste fiscal son todas medidas que dejan en manos del mercado nuestro rumbo económico. Bajo tal esquema, cualquier cambio en los flujos internacionales de capital, o en los precios de las materias primas, dejará expuesta a nuestra economía a un ajuste recesivo que nos alejará cada vez más de un sendero económico, político y social cuya sostenibilidad se base en la inclusión social y la maximización de nuestro potencial productivo. Para que nuestro mercado crezca se necesita, paradójicamente, más y no menos Estado. Cambiemos debe recuperar las riendas de la economía, puesto que hoy en día el principal factor de “desestabiización” es lisa y llanamente su política económica.

 

* Ex Viceministro de Economía de la Nación